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Cuando el capital fluye hacia el Sudeste Asiático: cinco señales que América Latina lee del auge de la inversión extranjera
Este artículo se basa en el *Informe de Inversión de la ASEAN 2024* y en datos de la Junta de Desarrollo Económico de Singapur, analiza cinco tendencias centrales detrás del récord de inversión extranjera directa en el Sudeste Asiático y, desde una perspectiva latinoamericana, plantea reflexiones sobre estrategias de desarrollo regional.
Cuando la inversión extranjera directa (IED) mundial cayó un 10% en 2023, el Sudeste Asiático respondió con un récord de 230 000 millones de dólares en entradas. Estos datos del *Informe de Inversión de la ASEAN 2024* quizás no despiertan el mismo interés entre los latinoamericanos que los precios de las materias primas, pero la lógica de los flujos de capital que revelan transmite una señal clara a América Latina: la competitividad industrial ya no depende de “quién tiene los minerales”, sino de “quién tiene un sistema más eficiente”.
Observaciones clave
1. La calidad de la inversión está reemplazando a la cantidad: las empresas multinacionales están aumentando significativamente su gasto en investigación y desarrollo, innovación y manufactura avanzada. 2. Los centros regionales pueden atraer la mayor parte del capital: Singapur absorbió cerca del 70% de la IED del Sudeste Asiático. 3. Las redes de producción transfronterizas son más cohesionadas que las fábricas de un solo punto: las cadenas de suministro regionales se están profundizando y la colaboración intersectorial es notable. 4. Una tasa de retorno estable es la premisa de todos los dividendos: la rentabilidad de la IED en el Sudeste Asiático ha superado durante mucho tiempo el promedio mundial. 5. Las energías renovables y la manufactura avanzada se están fusionando en un nuevo polo de atracción de inversiones, impulsando sectores upstream relacionados, como los semiconductores.
¿Por qué el Sudeste Asiático ha logrado esto?
En primer lugar, está el dividendo institucional. Singapur cuenta con una estricta protección de la propiedad intelectual, un entorno de financiación conveniente y plataformas que convierten la investigación en industrialización. Esto llevó a empresas como BIOTRONIK y Reckitt a elegir este país para ubicar sus centros de I+D y hubs de producción en Asia-Pacífico. En segundo lugar, está la integralidad de la división regional del trabajo. El caso de Rolls-Royce muestra que Singapur fabrica álabes de ventiladores, Malasia suministra componentes de proveedores de primer nivel, Indonesia y Tailandia asumen el soporte técnico y el mantenimiento, y Vietnam se vincula con los clientes de la aviación. Este despliegue en red mejora la eficiencia general de la cadena de suministro y también reduce el riesgo de las políticas de un solo país. En tercer lugar, el Sudeste Asiático no atrae IED solo por los costos; el hecho de que la rentabilidad supere el nivel mundial es la razón fundamental de la entrada continua de capital. En 2023, la tasa de retorno de la IED en el Sudeste Asiático alcanzó aún el 7,7%, por encima del promedio mundial del 6,9%. Por último, la transición verde está abriendo un nuevo carril. Entre 2020 y 2023, los sectores relacionados con las energías renovables atrajeron un promedio anual de más de 27 000 millones de dólares, aproximadamente el 25% del total de la inversión greenfield. Las empresas de semiconductores también participan en ello, suministrando componentes clave para equipos fotovoltaicos y de almacenamiento de energía.
Comparación con América Latina: puntos débiles y oportunidades
América Latina suele enfatizar las reservas de recursos al atraer IED, pero descuida los sistemas institucionales y ecosistemas complementarios. La entrada de capital extranjero se concentra sobre todo en minas y yacimientos petrolíferos, lo que difícilmente impulsa la transferencia tecnológica local. En comparación con el Sudeste Asiático, que usa a Singapur como su “cerebro”, América Latina carece de un portal regional con una sólida función de centro jurídico y financiero. Brasil y México son de gran tamaño, pero sufren una alta volatilidad de políticas y una gran complejidad de acceso interno, lo que dificulta que las multinacionales los consideren como una “opción unificada de sede regional”.Pero América Latina no está exenta de activos para hacer frente a los ciclos externos. El nearshoring está impulsando la integración de México en la cadena manufacturera de Norteamérica; Chile y Argentina poseen gran parte de las reservas mundiales de litio, y Brasil conserva un ADN de I+D en la agricultura y la industria aeronáutica. La clave está en si el desarrollo de los recursos puede conectarse con las fases posteriores de la red de producción. Por ejemplo, mientras se explota el litio chileno, ¿se puede lograr que Argentina o Brasil realicen el procesamiento de productos semielaborados mediante acuerdos comerciales regionales? ¿Se puede aprovechar la experiencia manufacturera de México para ensamblar módulos de baterías? Hoy por hoy, esa colaboración en cadena sigue fragmentada por las barreras arancelarias y la falta de infraestructura.
Impacto en el desarrollo a largo plazo de América Latina
Si tradujéramos la historia del Sudeste Asiático al lenguaje latinoamericano, la enseñanza central sería «no depender de héroes de un solo país, sino de redes regionales». Con una escala económica mucho menor que la de América Latina, el Sudeste Asiático redujo sus aranceles internos mediante el marco de la ASEAN, armonizó algunos estándares y conectó los mercados entre sí a través de redes eléctricas transfronterizas y acuerdos de economía digital. Eso llevó a las multinacionales a querer establecer sedes regionales para coordinar la producción de varios países.
América Latina necesita superar primero la fragmentación de su infraestructura, en particular la logística transfronteriza y las conexiones energéticas. La ampliación del Canal de Panamá no puede suplir la rezagada red ferroviaria y portuaria del interior de Sudamérica. En segundo lugar, hace falta crear un ecosistema de capital más líquido que impulse el crecimiento del capital de riesgo y de las empresas emergentes. El Sudeste Asiático cuenta hoy con más de 60 unicornios, y América Latina ya empieza a mostrar indicios similares, aunque todavía persisten brechas en la escala de financiamiento y en los mecanismos de salida.
Perspectivas a largo plazo para América Latina: los próximos 5 a 10 años
Las cadenas de suministro globales se reestructurarán bajo la doble presión del «China + 1» y del «Estados Unidos + 1». El Sudeste Asiático ya ha recogido los beneficios, y América Latina todavía tiene una ventana de oportunidad. En los próximos cinco años, los minerales verdes y la manufactura limpia podrían convertirse en el polo de crecimiento más importante de la región. Si Chile, Argentina y Bolivia logran establecer una cooperación de I+D compartida y de procesamiento profundo con los fabricantes de baterías de China y Europa, y aprovechan la industria automotriz de Brasil y la base manufacturera de México, América Latina tendrá la oportunidad de pasar de ser un proveedor secundario de materias primas a un participante real en la cadena de la industria de las nuevas energías.
Otro cambio posible es la reactivación de la gobernanza económica regional. El Mercosur y la Alianza del Pacífico no tienen por qué fusionarse por completo; basta con crear reglas de acceso comunes, reconocimiento mutuo del origen de las mercancías y estándares digitales interoperables para atraer a las multinacionales a que conciban América Latina como un todo en su estrategia de implantación.
En los próximos 10 años, la tendencia estructural más digna de observar en América Latina no es el auge de tal país o tal sector, sino si surge en la región un polo subregional «estilo Singapur», como el papel de Monterrey, en México, en la coordinación de la producción de nearshoring hacia Norteamérica, o el intento de Santiago de Chile de impulsar la financiarización de los recursos de litio sudamericanos. Si eso ocurre, el capital dejará de quedarse en los puertos y las minas y se adentrará en fábricas, laboratorios y centros de datos. La actualidad del Sudeste Asiático puede convertirse en una valiosa referencia para América Latina.
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